Otra vez mirando hacia otro lado

Los medios de comunicación han tardado mucho en informar de la situación en Myanmar (antigua Birmania), pero ahora parece que el drama humanitario que se está produciendo en este país, más exactamente en la frontera con Bangladesh, está levantando interés internacional. Varias ONGs, entre ellas Amnistía Internacional confirman que en apenas dos semanas más de 400.000 personas de la etnia Rohinyá han huido de sus aldeas, llevando sólo lo que pueden llevar a mano. Según observadores, las fuerzas de seguridad entran juntas con cuerpos parapoliciales, disparando al aire y a las personas que huyen con lo que tienen encima. Posteriormente prenden fuego a las aldeas, mientras los habitantes corren hacia el Río Naf, la frontera natural entre Myanmar y su vecino Bangladés. Lo cuenta José Luis Paniagua, corresponsal de EFE.

 

 

¿Qué está ocurriendo?

Los Rohinyá se consideran a sí mismos una etnia homogénea, mientras las autoridades de Myanmar insisten en que se trata de un grupo heterogéneo, principalmente habitantes bengaleses que se asentaron ilegalmente en la región de Rakhine (antes Arakan). Según un cronograma del Wall Street Journal, sus raíces se hunden en el siglo VIII, donde los Rahinyá formaron un reino independiente, el Reino de Arakan. Durante los siglos IX a XIV sus habitantes se islamizaron, tras entrar en contacto con comerciantes árabes. Perdieron su reino tras la conquista por el Rey birmano Bodwapaya en 1784. En las décadas posteriores Birmania (y por ende Arakan) se convirtió en otra colonia británica, de la India británica, exactamente. Hoy en día, las autoridades birmanas no les conceden carácter étnico y les niegan el derecho de participación política.

 

¿Quiénes son los actores en este conflicto?

La mirada de los medios internacionales se dirige sobre todo a la líder del gobierno civil Aung San Suu Kyi, la lider de Liga Nacional de la Democracia. Birmania se encontró en una dictadura militar, en la que celebraron elecciones que tenían más carácter de plebiscito que de elecciones democráticas. Aún así, la LND obtuvo en las elecciones en 1990 el 59% de los votos. La Junta Militar no aceptó el resultado y puso a Suu Kyi durante los próximos 21 años bajo arresto domiciliario. La política recibió numerosos premios por su lucha por los derechos humanos, entre ellos el Premio Nobel de la Paz en 1991. En 2011, la Junta Militar se disolvió y allanó el camino hacia una transición democrática. Suu Kyi es desde 2016 la primera líder de un gobierno civil en el cual ocupa cuatro ministerios y la Consejería del Estado. Hasta ahora, la política birmana ha evitado condenar los ataques a los Rohinyá, sea porque no quiere enfrentarse a las fuerzas militares del país o porque las acciones militares en Rakhine han recibido su aprobación tácita. No queda muy claro. 

Otro actor clave es la Arakan Rohingya Salvation Army (ARSA), una organización de unos 1.500 miembros según observadores internacionales que pasó a la acción armada en el año 2016. Desde entonces se han producido frecuentes enfrentamientos entre los miembros de ARSA y las fuerzas militares.

 

¿Qué se puede esperar de momento?

Lo que queda claro es que esta situación -que la ONU ya ha llegado a calificar como limpieza étnica no puede continuar así. El Global Centre for the Responsibility to protect lleva desde el año 2012 advirtiendo de la situación de las minorías étnicas en Myanmar, recordando al nuevo gobierno civil su responsabilidad de proteger a todos las personas en su territorio. Como describí en mi último artículo, esta doctrina intenta dar una respuesta a los nuevos conflictos, de tipo intraestatal, donde las personas ya no son víctimas de una guerra con otro país, sino del propio régimen y/o las fuerzas de seguridad. La R2P (Responsibility to protect) define cuatro escenarios, en los que la comunidad internacional debe actuar: genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, y limpieza étnica. La “política de tierra quemada” en las zonas de los Rohinyá es un acto premeditado, como muestra el hecho de que los habitantes de varias aldeas fueron avisados antes; por tanto, no se trata de un estallido puntual.

Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, ha llamado ya a la acción para parar los sucesos en Myanmar. Sin embargo, la posición del Secretario General es delicada, desde un punto de vista estratégico. Puede “llamar a la acción” y incluir un tema en la agenda del Consejo de Seguridad, pero cuando uno de los cinco miembros permanentes no tiene interés en el tema y veta una resolución, la posición del líder de la ONU queda más comprometida aún. Teniendo en cuenta el actual panorama, donde la prioridad de Estados Unidos es ampliar su hegemonía en el Pacífico, y donde Rusia y China bloquean cualquier intento de intervenir en terceros países, no se puede esperar mucho.

El escenario recuerda al genocidio de Srebrencia donde murieron 8.000 bosnios musulmanes ante la pasividad de los cascos azules. La dimensión religiosa complica también la situación en Myanmar, donde la mayoría de la población es budista.

 

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