¿Un nuevo fin de la historia?

1989, tras las protestas en varios países de Europa Oriental que llevaron a la apertura del muro de Berlín y de las fronteras entre los dos bloques europeos, Francis Fukuyama, un politólogo americano de origen japonés publicó un artículo con el título ¿El Fin de la Historia? En este artículo se preguntó si las revoluciones en los países de la Europa Oriental no eran el final de una era que se caracterizó por la lucha eterna entre dos ideologías: entre la democracia liberal y su sistema económico basado en el libre mercado y el socialismo con su economía planificada.

Tres años más tarde, habían ocurrido dos sucesos importantes. La Alemania oriental y la occidental se habían unificado (de momento lo voy a llamar así) y la Unión Soviética se había disuelto, como se podría disolver un club de coleccionistas de sellos por la avanzada edad de sus miembros. Fukuyama ya no vio necesario mantener los signos de interrogación en su hipótesis y publicó El Fin de la Historia y el último hombre. Anunció el fin definitivo de la lucha entre las ideologías socialista y la liberal, no porque se hubiera establecido el sentido común, sino porque la democracia liberal se había proclamado ganadora. Así de simple y sin matices. Había muchos que se lo creían.

Francis Fukuyama

Francis Fukuyama

El título del libro es un guiño irónico a la concepción del historicismo en la ideología marxista. La filosofía marxista ve la historia de la humanidad como una continua lucha de clases, empezando desde la Antigüedad hasta la era de la Industrialización en Europa. La lucha entre una clase sin privilegios contra una clase privilegiada termina con la desaparición de la clase privilegiada, pero entre los antiguos no privilegiados se forma un nuevo núcleo de personajes que intentan mejorar sus condiciones, con lo que se convierten en clases privilegiada que, después se ve derribada por los nuevos no-privilegiados. Marx profetizó el final de estas eternas luchas entre clases en una sociedad utópica, la sociedad comunista. Esta sociedad comunista donde cada uno trabajaría en lo que pudiera, las horas que a él le apetecería, sería el final de la historia de las luchas. Hasta aquí mi pobre intento de resumir lo que yo creo entender de la ideología marxista. Bien, sabemos que esta sociedad nunca ha existido ni la veremos, de esto no tengo la menor duda. Pero hay que entender la tesis marxista del fin de la historia humana que no es sino la historia de una eterna lucha. Por supuesto, Fukuyama eligió el título adrede, cuando proclamó el fin de la Historia, con la única ganadora legítima, la democracia liberal.

Desde la publicación han pasado más de veinte años. Incluso el autor mismo se vio obligado a matizar un poco su tesis provocadora. Recordemos: Yugoslavia y Ruanda en los 90; las Torres Gemelas, los trenes de cercanía en Atocha, los autobuses de Londres, los todavía débiles regímenes en Afganistán y en Irak en la primera década del nuevo milenio. Seguro que se me han olvidado algunos otros sucesos en estos veinte años. La democracia más antigua del Nuevo Mundo que en sus inicios destacó por sus ideas liberales (no neoliberales) y progresistas, ha creado un aparato de espionaje que de ninguna manera tiene que esconderse detrás de la distopía que dibujó Orwell en 1984. Bienvenidos a la segunda década del nuevo milenio. Cuando la primavera árabe y las llamadas a más participación política en varios lugares del mundo nos alientan a creer de nuevo en las ideas democráticas y que quizás se pueda conseguir algo, aparece un informático que trabajaba para la CIA y nos quita la última ilusión. Todos somos sospechosos y punto. Para aquel país, que se empeña en vendernos las ideas de la democracia y de la libertad.

Ahora hemos visto el desenlace de otra revolución, esta vez por el rechazo de la firma de un acuerdo político de asociación con la Unión Europea. El líder autocrático se ve obligado a refugiarse en el país de otro autócrata que días más tarde aprovecha la oportunidad de anexionar la península Crimea en la Federación Rusa. El referéndum no fue supervisado por organismos internacionales y sus resultados son bastante dudosos. Pero tampoco importa mucho ahora. Otro autócrata ha creado nuevos hechos, sirviéndose de una delicadeza que conocemos bien de una serie de películas de los ochenta, protagonizadas por Silvester Stallone. Y no hay nada, nada que de momento pueda cambiar la situación. Los ucranianos han conseguido expulsar a un autócrata y se encuentran ahora con una factura con la que nadie había contado. La política exterior de la (Des-)Unión Europea es tan sostenible como inútil. La administración Obama se acuerda perfectamente de sus propios errores como de aquellos de los anteriores gobiernos. De ahí su dilema.

La democracia liberal, la que muchos veían como la gran ganadora de la última década del siglo pasado, no existe, no ha existido nunca como tal y a la mayoría de los líderes políticos le importa tres pepinos. Cuando se trata de política, el mundo vuelve a ser un tablero de ajedrez, con un montón de peones en primera fila y unos reyes que juegan esta partida, sin darse cuenta que ellos mismos también corren el riesgo de caer. Lo que falta, es inteligencia constructiva. Pero parece que en lugar de ello estamos viendo un nuevo fin de la Historia. La de la prepotencia occidental.

 

2 comentarios en “¿Un nuevo fin de la historia?

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